con el tatuador

La adolescencia es una edad que se caracteriza por los cambios e inseguridades, y aunque pueden tomar decisiones importantes en su vida, a la hora de realizarse un piercing o un tatuaje necesitan la autorización de sus padres o tutores. Esta es una edad en la que comienza el interés por tatuarse o perforarse y la mayoría de las veces se inician en sitios no autorizados para ellos con el consiguiente riegos de infecciones. Pero resulta curioso como cita el mundo.es en su artículo “Mayor para ponerse pecho, menor para tatuarse” en el que “No pueden –por ley– votar ni ser votados, formar parte de un jurado, conducir automóviles, comprar tabaco y bebidas alcohólicas, hacerse un piercing o un tatuaje, abrir una cuenta bancaria, comprar armas o entrar en discotecas de mayores.

Todos estos derechos se adquieren con la mayoría de edad, a los 18 años, según nuestra Constitución“, pero sin embargo si pueden –también por ley– hacer otras muchas cosas que entrañan o presuponen un elevado grado de madurez y sentido de la responsabilidad: tener relaciones sexuales con adultos –a partir de los 16–; hacer testamento y casarse –a partir de los 14–; conducir un ciclomotor –a partir de los 15–, o, cumplidos los 16, someterse, sin necesidad del consentimiento de sus padres o tutores, a cualquier intervención quirúrgica o tratamiento médico (con excepción de las técnicas de reproducción asistida, los ensayos clínicos y, hasta ahora, la interrupción del embarazo). Como sigue diciendo el artículo, estas contradicciones legales desconciertan, por decirlo suavemente, a psicólogos, educadores y especialistas en adolescencia. “Resulta cuanto menos insólita la posibilidad de que una chica de 16 años pueda hacerse sin permiso paterno un aumento de pecho, pero no tomarse una copa legalmente. Estas contradicciones hay que ponerlas encima de la mesa. Habría que tratar con profesionales de la psicología, la sociología y la educación para establecer un criterio único, principalmente para no dar tantos bandazos y escuchar tantas barbaridades“, apunta la psicóloga Ana Isabel Saz Marín, autora de SOS Adolescentes (Ed. Aguilar). En mujerhoy.com comentan que  “Si tu hijo o hija llega a casa con la idea de tatuarse o de ponerse un pendiente hay que evitar la confrontación directa del no rotundo. Es mejor iniciar una conversación para que tanto el adolescente como sus padres tomen perspectiva sobre esta decisión“. Poco a poco los padres comienzan a concienciarse de que el tatuaje ya no “es lo que era” y que está surgiendo una nueva generación en la que el tattoo es algo estético y con otras connotaciones que nada tienen que ver con sus míticos orígenes marineros o carcelarios. De lo que sí tiene que estar informado, tanto el menor como cualquier persona que decida tatuarse, es de los posibles riesgos que puedan tener una vez hechos si no mantienen unas mínimas condiciones de higiene y cuidado, así como estar previamente informados de las posibilidades de eliminación del tatuaje con técnicas específicas para ello como puede ser el láser. 

¿Cuál es el origen de los tatuajes?

Los orígenes e historia del tatuaje se remontan incluso 12 mil años atrás, aunque los primeros restos daten de hace 5 mil años. Un arte practicado por diferentes culturas, castigado durante ciertos períodos (casualmente de fuerte religiosidad) y rescatado de tierras exóticas hasta prevalecer en pleno siglo XXI. Y es que el tatuaje actual es el perfecto resultado de su propia historia.

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